El Tejedor

Fotografía y narrativa escrita por Alex Scott
Interpretación de Erika Gómez
Traducción de Mateo Acevedo

Alex fotografió a Julian Rivera Ayala, un tejedor que trabaja en el taller de Luis Gallegos. Haz clic en la foto para ver la galería.

Toma una hoja y la teje hacia abajo, arriba, abajo; toma otra hoja, un girón, un tirón, voltea la silla y comienza de nuevo.

“Aquí la gente vieja tiene sus costumbres”, dice Julián Rivera Ayala. “Sembrar maíz, frijol, habas, cortar leña, tejer—es la misma vida.”

Julián trabaja bajo el domo del patio, en la Mueblería El Salto. Mientras Luis y los otros seis trabajadores caminan silenciosamente a la sombra del taller, Julián teje en silencio, incesantemente. Ha trabajado aquí por sólo tres años, pero comenzó a tejer desde que tenía seis.

“Todos en mi familia lo hacen. Yo comencé cuando tenía seis años, lo aprendí y ahora es lo único que hago, no puedo hacer otra cosa”.

El tejido es una tradición en Tenancingo. Enclavada en las montañas del corazón de México, la industria del mueble fue de las primeras en el pueblo. Los bosques que lo rodean acogen tanto árboles de hoja caduca como tropicales; un contraste natural que provee la madera para los marcos de las sillas y las hojas de palma para el tejido de los asientos. Sin embargo, mientras la modernidad llega a las actividades económicas del pueblo, el negocio de la silla va en descenso.

“Hace muchos años éste era el sustento del pueblo”, dice Julián. “Toda la gente se dedicaba al tejido de sillas, éste fue el lugar donde comenzamos a hacerlo. Cuando éramos niños, teníamos que hacer algo, empezábamos haciendo cosas simples.  Nos pagaban cincuenta centavos por silla; era poquito dinero, pero antes todo era barato, ahora ya no”.

Su mamá huyó de Tlacotepec en 1909, para escapar de los conflictos durante la Revolución mexicana. Ella conoció a su esposo en Tenancingo y, en el periodo que trabajaron en una fábrica de telas, tuvieron a Julián y cuatro hijos más. Ahora, Julián y su esposa ya tienen dos hijos grandes.

“Un hijo vive con nosotros, tiene 47 años; también cinco nietos y una hija con cuatro hijos; con todos ellos vivo. Somos como 300 toda la familia Rivera”.

Antes de comenzar a trabajar en el tejido en la Mueblería El Salto, él era mesero y también repartidor de leche. Disfrutaba la interacción con la gente, que en su trabajo actual es muy poca. Sin embargo, ya no puede trabajar como mesero, tampoco andar en bicicleta. Antes disfrutaba de caminar, pero ahora tiene dificultad para caminar a casa.

“Tuve un accidente, me atropelló una camioneta”, dice. “Iba en la bicicleta a entregar un pedido. Un borracho iba manejando su camioneta y me atropelló. Volé y caí como si estuviera muerto. Estuve a punto de perder la pierna, pero fui al Hospital Adolfo López Mateos y me la salvaron”.

Después de su fractura de fémur, sus opciones de empleo se vieron limitadas. Luis Gallegos le dio a Julián el trabajo de tejedor, el cual le permitió a Julián sacar adelante a su familia. Él teje en la forma tradicional que aprendió cuando era niño. Aunque la calidad del trabajo sea reconocida en todo el pueblo, la industria de la silla en su conjunto está en declive.

“Ya bajó mucho; de hecho, ya no es el negocio que era antes”, afirma. “La gente ya no viene a comprar sus muebles. Ahora ya todos estamos viejos y estamos cansados”.

Julián se sienta bajo el domo del patio. Moja las palmas y comienza a quitar las hojas, una por una. Inicia de nuevo: abajo, arriba, abajo—toma otra hoja—un girón, un tirón y voltea la silla.

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